
Alberto había pasado una semana durilla. Ni le apetecía hacerse unas cañas aunque fuera viernes. Además Cuatro ofrecía una programación para dejarse atrapar por el sillón.
No quería complicaciones, buscaba algo bueno y para qué negarlo, sabroso sin pararse a pensar si sería saludable o no. Ese día se lo merecía.
Llevaba un par de años siendo cliente de Pizza Hut. Ya sabes, de esos que en la empresa tienen memorizada su dirección y su último pedido. Tenía folletos de la marca, promociones, imanes en la nevera… hasta el teléfono memorizado en el móvil. Llamó.
- “Domino’s Pizza, ¿dígame?”
Se extrañó. Comprobó que el teléfono al que llamaba era el mismo que el del folleto.
- “Perdon ¿No es Pizza Hut?”
- “No, hemos cambiado, ahora somos Domino’s Pizza”
Buscó la palabra Domino’s en su cabeza. No tenía nada. Dominó sí. Lo jugaba de vez en cuando y su padre era un maestro con sus amigos. Pero Dómino, como lo estaba diciendo la chica, no. Igual era un cambio de nombre, pensó, la carta será la misma.
- Bueno, quería hacer un pedido a domicilio de una Suprema sin peperoni y una Serrana…
- Lo siento, pero ya no tenemos esas pizzas. Podemos ofrecerle otras deliciosas especialidades con exquisitos ingredientes como jamón york, bacon, pollo, ternera…
La conversación continuaba con la oferta entera de sus productos. Un recital de la carta hilvanando composiciones como: fabulosa Stravaganza, jugosísimas masas, deliciosa salsa de tomate… lo que le recordaba al tono con el que le intentaban vender en la cola del McDonald’s los sabrosísimos McFlurries que él tanto odiaba.
Alberto atendía con cara de tonto. No había oído hablar antes de Domino’s ni entendía nada pero tenía mucha hambre y había empezado Callejeros. No quería complicarse la vida con la cena y la chica con tono impertinentemente amable se la estaba complicando. Estaba agotado. Encima recordó el dineral que se estaba dejando en la llamada. Por lo que se dejó llevar y pidió al azar, casi sin pensar.
Llegaron las pizzas. Acostumbrado al rojo del uniforme del repartidor de Pizza Hut, se sorprendió al verlo todo muy azul. Le recordó al técnico de Telefónica, y pensó un momento en lo que le costó el otro día arreglar el ADSL además de lo mal que olía el chico.
Las cajas de las pizzas eran bien diferentes a lo que él estaba acostumbrado, su logo era un Dominó y eran muy raras. Aunque le pareció curioso que estuvieran troqueladas para poder quitar la parte de arriba y comerla cómodamente en la caja.
Las pizzas le parecieron muy buenas a pesar de que inicialmente le apetecían las de Pizza Hut. Le fastidiaba que ese momento no era el que tenía en mente para esa noche.
El martes siguiente Alberto recibió una llamada. Era el centro de atención al cliente de Domino’s. Le preguntaron qué le había parecido el servicio, el tono de la chica que le atendió, su amabilidad, qué tal el producto, si la masa estaba crujiente, si la temperatura era la idonea, si los ingredientes estaban jugosos…
Al acabar el cuestionario le dijeron si tenía alguna consulta o comentario. Alberto hizo una simple pregunta: ¿qué era Domino’s?
——————————————————————————————————————
Hace un par de semanas todos los medios económicos se hicieron eco de la decisión del Grupo Zena de cambiar su marca Pizza Hut por la de Domino’s Pizza (link de la noticia aquí). No voy a entrar en temas económicos ni de rentabilidad de negocios.
Pero… ¿nadie pensó que igual en vez de invertir en un plan de formación de empleados para añadir simpatía y atención a la relación con los clientes habría estado bien decirle antes a las personas de qué va Domino’s Pizza?
Igual a veces se confía demasiado en que las personas sepan perfectamente quienes somos antes de presentarnos. Dejando en manos de la libre asociación mental de las personas la decisión de qué tipo de marca somos. Casi nada.